15/6/09
A veces, en estos días de frío me dan ganas de sentarme en la terraza y fumarme un cigarrillo. Nunca fui dependiente de eso, supongo, no del todo un vicio, pero si una debilidad. Amo el olor a tabaco. Tranquiliza. Al menos a mi me relaja bastante. Y a pesar de haberlo dejado, es de esas cosas que a veces se extraña. Es toda una lastima que algo que tanto te gusta te mate. Me acuerdo de la primavera del año pasado, aunque no me acuerdo bien el día. Estaba sola, sentada fumando, y pensaba... y entre tantas cosas que se me pasaron por la cabeza en ese momento, pensé que tal vez el cigarrillo es como el amor. Al principio se enciende, lo disfrutas, te gusta, te tranquiliza, te hace sentir bien...pero en un determinado momento se desgasta, se va apagando lento, y si no lo apagas te toca fumar la parte de peor gusto. Y así termina, se apaga, se consume, se consume en vos, en tu memoria, en tu recuerdo, en el olvido temporal de cada uno. Si no apagas el cigarro fumas el filtro, si no cortas ''por lo sano'' (con una relación que te hace mal y sabes que no da para más) después todo termina termina peor, y se contamina más y eso se cumbre de polvo. Como dice Andrés en un canción. Y así es...el cigarrillo es como el amor. Y nada, absolutamente nada es para siempre, y así como a la larga el cigarrillo te mata, irremediablemente, el amor también lo hace en algún momento, si no mata: muere, sino muere se pierde, y si no se pierde se consume lento. De todas maneras y sea como sea llega a su final, pierde su escencia. Y termina.